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Cuaresma 2009 PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Daniela Baggi   
Miércoles 25 de Febrero de 2009 10:47

 

 

“El lobo que está en nosotros”

Reflexión y oración para la Cuaresma

en preparación del Eurocampo 2009

Queridos amigos y amigas del Eurocampo, un gran y cálido saludo a todos y todas. En  espera del próximo Eurocampo, hemos pensado en enviaros una pequena sugerencia para vuestra vita espiritual, esperando vos sea de agrado.

Esta simple propuesta comineza en un pueblecito que visitaremos durante el próximo Eurocampo: Gubbio. En aquél lugar, dice la tradición, tuvo el encuentro de Francisco con el lobo. La fuerza de paz que habitaba en el corazón de Francisco venció también la maldad del lobo.

En cada uno de nosotros vive un “lobo”…o quizá dos… tomad nuetsra propuesta… reflexionad y orad: la Cuaresma es tiempo apropiado!

Y después haceznos saber alguna de vuestras impresiones!

Ciaoooo!

Mario, Maurizio y Daniela

 

1. La historia de San Francisco y el lobo

En el tiempo en que San Francisco moraba en la ciudad de Gubbio, apareció en la comarca un grandísimo lobo, terrible y feroz, que no sólo devoraba los animales, sino también a los hombres; hasta el punto de que tenía aterrorizados a todos los habitantes.

San Francisco, movido a compasión de la gente del pueblo, puesta en Dios toda su confianza, se encaminó resueltamente hacia el lugar donde estaba el lobo. Cuando he aquí que el lobo avanzó al encuentro de San Francisco con la boca abierta; acercándose a él, San Francisco le hizo la señal de la cruz, lo llamó a sí y le dijo:
¡Ven aquí, hermano lobo! Yo te mando, de parte de Cristo, que no hagas daño ni a mí ni a nadie. Inmediatamente el lobo se acercó mansamente y se echó a los pies de San Francisco.

Entonces, San Francisco le habló en estos términos:
Hermano lobo, tú estás haciendo daño en esta comarca, has causado grandísimos males maltratando y matando las criaturas de Dios e incluso a los seres humanos, hechos a imagen de Dios. Por todo ello has merecido la horca como ladrón y homicida malvado. Toda la gente grita y murmura contra ti y toda la ciudad es enemiga tuya. Pero yo quiero, hermano lobo, hacer las paces entre ti y ellos.

Ante estas palabras, el lobo, con el movimiento del cuerpo, de la cola y de las orejas y bajando la cabeza, manifestaba aceptar y querer cumplir lo que decía San Francisco. Díjole entonces San Francisco:
Hermano lobo, puesto que estás de acuerdo en sellar y mantener esta paz, yo te prometo hacer que la gente de la ciudad te proporcione continuamente lo que necesitas mientras vivas, de modo que no pases ya hambre.
El lobo levantó la pata delantera y, en señal de fe, la puso mansamente sobre la mano de San Francisco que la apretó feliz y sonriente, en medio del asombro de los habitantes.

El lobo entraba mansamente en las casas de puerta en puerta, sin causar mal a nadie y sin recibirlo de ninguno.

 

2. La palabra de Dios de la carta de San Pablo a los Romanos (7, 14-25)

14 Porque sabemos que la Ley es espiritual, pero yo soy carnal, y estoy vendido como esclavo al pecado. 15 Y ni siquiera entiendo lo que hago, porque no hago lo que quiero sino lo que aborrezco. 16 Pero si hago lo que no quiero, con eso reconozco que la Ley es buena. 17 Pero entonces, no soy yo quien hace eso, sino el pecado que reside en mí, 18 porque sé que nada bueno hay en mí, es decir, en mi carne. En efecto, el deseo de hacer el bien está a mi alcance, pero no el realizarlo. 19 Y así, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. 20 Pero cuando hago lo que no quiero, no soy yo quien lo hace, sino el pecado que reside en mí. 21 De esa manera, vengo a descubrir esta ley: queriendo hacer el bien, se me presenta el mal. 22 Porque de acuerdo con el hombre interior, me complazco en la Ley de Dios, 23 pero observo que hay en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi razón y me ata a la ley del pecado que está en mis miembros. 24 ¡Ay de mí! ¿Quién podrá librarme de este cuerpo que me lleva a la muerte? 25 ¡Gracias a Dios, por Jesucristo, nuestro Señor! En una palabra, con mi corazón sirvo a la Ley de Dios, pero con mi carne sirvo a la ley del pecado.

 

3. Meditemos

El lobo que está en nosotros…

La agresividad también se cura a través del misterio de la herida. Si tengo una experiencia profunda de ser amado por Jesús, a ser tocado por él en mi herida, si la herida es el lugar donde Él se me revela, no tengo ya nada que defender. Cuanto más responsables nos volvemos, más  necesitamos dar espacio a Jesús, para que nos pueda llegar a la herida. ¡No se pierde el tiempo en la oración silenciosa! Deja que Jesús nos toque en aquello que más está roto, herido, más vulnerable en nosotros: es el misterio de la oración. Es éste uno de los elementos para curar absolutamente indispensable.

Jesús es un excelente pedagogo. Nos conduce a cada uno de un modo diferente. Hay personas que tienen temperamento canino, que gritan todo el tiempo para ser curados por Jesús y que no son nunca curadas. Su vida pasa a través de la humillación. Es muy humillante explotar, tener crisis de celos: es vivir con las proprias heridas. Descubrir que hay heridas en nosotros, nos lleva a una gran humildad.

Hay todo una sabiduría humana para aprender a utilizar nuestra energia agresiva. Cuando descubrimos en nosotros una sobreabundancia de energia, que se transforma en agresividad, es importante descubrir el modo de utilizarla de otra manera.

La celebración es otra cosa importante para canalizar la energia: en nuestra vida hay una gran sabiduría. Nosotros, en El Arca, tenemos muchos momentos juntos de celebración, de carcajadas y de  relax, que ayudan a las personas angustiadas a no ser agresivas.

Dios es un pedagogo extraordinario. Pone las semillas y después deja germinar las cosas. Responde a nuestras demandas y cuando no responde quiere decir que ¡hace falta esperar! No responde siempre directamente, sino que se necesita a veces entrar en un grupo, tener confianza los unos con los otros. Para la persona responsable es una descensa en la humildad, la pobreza y el descubrimiento de que somos pecadores, pero que somos perdonados y es ésto lo que nos da la fuerza para seguir adelante.

(Jean Vanier)

Pero no solo…

8. Pero, ¿qué significa concretamente perdonar? Y ¿por qué perdonar? Una reflexión sobre el perdón no puede eludir estas preguntas. Volviendo a una reflexión que tuve oportunidad de ofrecer para la Jornada de la Paz 1997 (« Ofrece el perdón, recibe la paz »), deseo recordar que el perdón, antes de ser un hecho social, nace en el corazón de cada uno. Sólo en la medida en que se afirma una ética y una cultura del perdón se puede esperar también en una « política del perdón », expresada con actitudes sociales e instrumentos jurídicos, en los cuales la justicia misma asuma un rostro más humano.

En realidad, el perdón es ante todo una decisión personal, una opción del corazón que va contra el instinto espontáneo de devolver mal por mal. Dicha opción tiene su punto de referencia en el amor de Dios, que nos acoge a pesar de nuestro pecado y, como modelo supremo, el perdón de Cristo, el cual invocó desde la cruz: « Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen » (Lc 23, 34).

Así pues, el perdón tiene una raíz y una dimensión divinas. No obstante, esto no excluye que su valor pueda entenderse también a la luz de consideraciones basadas en razones humanas. La primera entre todas, es la que se refiere a la experiencia vivida por el ser humano cuando comete el mal. Entonces se da cuenta de su fragilidad y desea que los otros sean indulgentes con él. Por tanto, ¿por qué no tratar a los demás como uno desea ser tratado? Todo ser humano abriga en sí la esperanza de poder reemprender un camino de vida y no quedar para siempre prisionero de sus propios errores y de sus propias culpas. Sueña con poder levantar de nuevo la mirada hacia el futuro, para descubrir aún una perspectiva de confianza y compromiso.

9. En cuanto acto humano, el perdón es ante todo una iniciativa de cada individuo respecto a sus semejantes. La persona, sin embargo, tiene una dimensión esencialmente social, por la cual establece una red de relaciones sociales en las que se manifiesta a sí misma: no sólo en el bien sino, por desgracia, incluso en el mal. Consecuencia de ello es que el perdón es necesario también en el ámbito social. Las familias, los grupos, los Estados, la misma Comunidad internacional, necesitan abrirse al perdón para remediar las relaciones interrumpidas, para superar situaciones de estéril condena mutua, para vencer la tentación de excluir a los otros, sin concederles posibilidad alguna de apelación. La capacidad de perdón es básica en cualquier proyecto de una sociedad futura más justa y solidaria.

Por el contrario, la falta de perdón, especialmente cuando favorece la prosecución de conflictos, tiene enormes costes para el desarrollo de los pueblos. Los recursos se emplean para mantener la carrera de armamentos, los gastos de las guerras, las consecuencias de las extorsiones económicas. De este modo, llegan a faltar las disponibilidades financieras necesarias para promover desarrollo, paz, justicia. ¡Cuánto sufre la humanidad por no saberse reconciliar, cuántos retrasos padece por no saber perdonar! La paz es la condición para el desarrollo, pero una verdadera paz es posible solamente por el perdón.

14. Justamente por esta razón, la oración por la paz no es un elemento que « viene después » del compromiso por la paz. Al contrario, está en el corazón mismo del esfuerzo por la edificación de una paz en el orden, en la justicia y en la libertad. Orar por la paz significa abrir el corazón humano a la irrupción del poder renovador de Dios. Con la fuerza vivificante de su gracia, Dios puede abrir caminos a la paz allí donde parece que sólo hay obstáculos y obstrucciones; puede reforzar y ampliar la solidaridad de la familia humana, a pesar de prolongadas historias de divisiones y de luchas. Orar por la paz significa orar por la justicia, por un adecuado ordenamiento de las Naciones y en las relaciones entre ellas. Quiere decir también rogar por la libertad, especialmente por la libertad religiosa, que es un derecho fundamental humano y civil de todo individuo. Orar por la paz significa rogar para alcanzar el perdón de Dios y para crecer, al mismo tiempo, en la valentía que es necesaria en quien quiere, a su vez, perdonar las ofensas recibidas.

(Del mensaje de Juan Pablo II para la Jornada mundial de la paz - 1 de enero de 2002)

 

3. Oremos

O Señor, el mundo está lleno de violencia y de guerras, como lo era la sociedad en la que San Francisco de Asís vivía. La gente a menudo vive en el miedo y sin esperanza por el propio futuro y el de su pueblo. Libera, Señor , al mundo de la guerra, de la violencia y de las injusticias, concede a todos la paz que solo tú puedes dar. Dona la paz en particular a la terra, que tu has recorrido y donde has anunciado el Evangelio del Reino, Tú que eres Dios y vives y reinas con el Padre y el Espiritu Santo en los siglos de los siglos. Amén.

(Comunidad de San Egidio)

 

Señor, haz de mi un instrumento de tu paz.
Que allá donde hay odio, yo ponga el amor.
Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón.
Que allá donde hay discordia, yo ponga la unión.
Que allá donde hay error, yo ponga la verdad.
Que allá donde hay duda, yo ponga la Fe.
Que allá donde hay desesperación, yo ponga la esperanza.
Que allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz.
Que allá donde hay tristeza, yo ponga la alegría.
Oh Señor, que yo no busque tanto
ser consolado, cuanto consolar,
ser comprendido, cuanto comprender,
ser amado, cuanto amar.
Porque es dándose como se recibe,
es olvidándose de sí mismo como uno se encuentra a sí mismo,
es perdonando, como se es perdonado,
es muriendo como se resucita a la vida eterna.

 

 

4. Y, para terminar, una pizca de sabiduría…

(presentación de la historia de los dos lobos)

 

5. … acompañada de un compromiso

Esta Cuaresma me acercaré al Sacramento de la Confesión para vencer en mi el lobo malvado  y alimentar al bueno.

 

 



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